Jueves XIV Tiempo Ordinario – Memoria de San Benito, abad

Mateo 10:7-15

Jesús dijo a sus apóstoles: 
“A medida que avanzan, hagan esta proclamación: 
‘El reino de los cielos está cerca.’ 
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, 
limpien a los leprosos, expulsen a los demonios. 
Sin costo han recibido; sin costo deben dar. 
No lleven oro o plata o cobre para sus cintos; 
ni alforja para el camino, o una segunda túnica, 
ni sandalias, ni bastón. 
El obrero merece su sustento. 
Cualquiera que sea la ciudad o pueblo donde entren, busquen a una persona digna de él, 
y permanezcan allí hasta que se vayan. 
Al entrar en una casa, deseen la paz. 
Si la casa es digna, 
que su paz venga sobre ella; 
si no, que su paz vuelva a ustedes. 
El que no los reciba a ustedes o escuche sus palabras 
salgan de esa casa o ciudad y sacudan el polvo de sus pies. 
En verdad les digo que será más tolerable 
para la tierra de Sodoma y Gomorra en el día del juicio 
que para aquella ciudad”.

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Hoy la Iglesia celebra la memoria de San Benito, monje, que murió en el año 543 d.C. Se le conoce como el fundador del monaquismo cristiano occidental ya que su “Regla” fue seguida por muchos otros monasterios. Su “Regla” es un grupo de preceptos sobre cómo los monjes deben vivir sus vidas. Fue un gran santo, un hombre con un gran equilibrio y muy razonable. Los monasterios benedictinos equilibran sus días en torno a “Ora et Labora” (Oración y Trabajo). Ellos como todos los consagrados hacen los votos de pobreza, obediencia y castidad, los benedictinos hacen el voto de estabilidad, que consiste en estar en esa comunidad religiosa (casa) por el resto de su vida. Ellos tienen una gran apreciación por las Sagradas Escrituras y la música religiosa, aprecian grandemente el arte y la belleza. En su regla san Benito les dice a los monjes que traten a los huéspedes como si fueran cristo mismo. Todo esto lo sé porque estuve viviendo con ellos por doce años y ha sido una gran bendición vivir con ellos, extraño ese ambiente de paz, oración y fraternidad.

Esto es algo de lo que todos podemos aprender en nuestra vida cotidiana. Necesitamos encontrar también el equilibrio entre la oración y el trabajo, apreciar la belleza del mundo y la música, convertirnos en artistas que transformen este mundo y tratar a los demás como a Cristo mismo aunque no seamos monjes. Nuestras vidas están muy ocupadas y centradas en el trabajo, la producción y el deseo de tener cosas o lograr puestos en la sociedad. ¿De qué nos sirve ganar el mundo entero si perdemos nuestra alma? (Cfr. Mt 16,26) ¿Luchas por tu santidad y vida de oración? ¿Prefieres tu paz o tener la razón de todo?

Como mencioné antes en este blog, el Movimiento de Cursillos enseña que nuestra vida espiritual tiene tres componentes principales: oración, estudio y acción. Necesitamos dedicar tiempo diariamente a la oración y al estudio; este es el tiempo que dedicamos a recibir del Señor. Luego somos enviados a compartir lo que hemos recibido del Señor. Se trata de una especie de “Ora et Labora” para el laico.

Como los Apóstoles, somos enviados a “curar a los enfermos, resucitar a los muertos, limpiar a los leprosos, expulsar a los demonios.” Si verdaderamente confiamos en el poder del Espíritu Santo, el Señor puede hacer cosas maravillosas a través de cada uno de nosotros. ¿Creo que puedo hacer cosas más grandes que Jesús con el poder del Espíritu Santo? (ver Juan 14:12)

Al mismo tiempo, todos estamos llamados a compartir el mensaje del Evangelio y confiar totalmente en el Señor. Hemos recibido todo del Señor y estamos llamados a dar generosamente “sin costo”. Se nos pide que confiemos plenamente en el Señor, tomando sólo lo esencial para el viaje. Cuando estoy de vacaciones o cuando estoy cambiando de parroquias, me doy cuenta de que cargo con muchas cosas. ¡Me pregunto si realmente estoy confiando en el Señor para todo!

Recuerdo cuando fui junto con otros cuatro seminaristas por primera vez de misiones a la Sierra de Puebla, a la parroquia de San Agustín en Tlaxco, Puebla, México en el año1994. Nosotros llevamos películas en formato VHS de vida de santos, música católica en casetes, biblias, libros, copias y muchas cosas más. Hasta cargue con la videograbadora de mis papás en caso de que no tuvieran a donde iba. Nos dividieron y me toco ir a la montaña dos comunidades: Buena Vista y Vista Hermosa. El padre Lauro quien era el párroco me dijo: “Solo lleva tu sotana, una biblia, un balón de soccer, y una caja de chicles”. Yo no quería dejar nada de lo que traje para darle a la gente, el padre solo sonrió y me dijo ya te darás cuenta porque te lo digo. Me dejo al pie de la montaña y empecé a caminar después de cargar dos maletas por cerca de una hora y media, sin agua con un sol intenso y bañado en sudor, decidí dejar todas las cosas en la primer casa que encontré en el camino. Le dije que yo regresaría por ellas y ellos me dijeron que me las llevarían en una o dos semanas.  Finalmente llegue a la cima cinco horas después solo con mi sotana, mi biblia, el balón de futbol, la caja de chicles, y una mochila de hombro que pesaba como 20 kilos, donde subí unas biblias usadas, películas, libros y casetes.

Mi sorpresa fue que no tenían luz y no sabían leer la gente que vivía en la montaña, por lo tanto, solo cargue de gusto e inútilmente. Y me acordé de la sonrisa del padre Lauro y mi necedad. Dios me dio una gran lección, juntaba a los niños con el balón de futbol, les hablaba de Dios y al final jugábamos otros juegos. Los adultos iban a aprender la Biblia, muchos de ellos no sabían leer ni escribir, algunos ni siquiera hablaban español. Entonces, recordé que había que confiar más en Dios y no en los medios que yo creía que eran lo mejor.  Me acorde del dicho: “Si quieres que Dios se ría, cuéntale tus planes”. Dios de verdad que se rio, ahora yo también me rio de mí mismo y aprendí a confiar más en Él.

Este tipo de confianza es difícil para nosotros en nuestra cultura. Se nos enseña a confiar en nuestras propias fuerzas. Se nos incita a guardar dinero para la “tempestad”.  Estamos condicionados a no confiar en nadie más que en nosotros mismos. Sin embargo, el Señor nos pide que oremos y confiemos en Él con todos los aspectos de nuestras vidas – nuestras finanzas, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestra salud – todo.

¿Confío en el Señor con todos los aspectos de mi vida? 


¿En qué áreas de mi vida me estoy conteniendo del Señor? 


¿Dónde no estoy dispuesto a dejar ir el control?

Confía en Dios y cuéntale tus planes. Vive como si fuera el primer día de tu vida, disfruta como si fuera el único, y ama como si fuera el último.

Padre Enrique García Elizalde


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